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Un proceso de cambios

Del saludo frío, al beso y la sonrisa, del diván al escritorio, los sillones y los almohadones en el piso, los profesionales de la salud mental, fueron evolucionando, tanto como la práctica de su profesión, adaptando los conocimientos y la experiencia a las necesidades de la sociedad.

 Parece que los tiempos cambian las costumbres, pero también las necesidades. Aún se mantienen tradiciones, técnicas y estructuras más ortodoxas, aunque es mayor la cantidad de profesionales que están integrando sus conocimientos y estudios, de diferentes corrientes, a la hora de brindar servicios de ayuda. Los estilos y las corrientes psicológicas también son nombradas, como las formas de proceder, y como si tuvieran un valor de mayor o menor calidad, de mayor o menor efectividad, al momento de hacer un proceso terapéutico. Es necesario tener un marco teórico, para realizar un encuadre y guía terapéutica, así como también, mantener una distancia óptima de vinculación. Pero pretender mantener un estilo ortodoxo, o utilizar una técnica a rajatabla, nos puede hacer olvidar que el terapeuta o profesional de la salud, es también una persona particular e individual. Los procesos terapéuticos son procesos que se construyen entre dos: el profesional y el consultante. Ambos forman un vínculo, que va a dar dirección a la evolución del paciente. Hablar de terapeuta, psicólogo, consultor, paciente, consultante, o cliente, son rótulos que usamos para caracterizar un vínculo de dos. Lo más importante es a mí ver, que se busca generar un espacio seguro de confianza, para lograr el bienestar del individuo, donde ambos están comprometidos con el objetivo.

Es la calidad de persona, lo que nos va a dar posteriormente, calidad profesional. Son dos conceptos diferentes, pero van de la mano. Tener conocimientos es tan importante como tener calidad de persona al momento de brindarse como profesional de la salud.

Los pacientes valoran mucho la autenticidad del profesional. Ya no necesita ser engañado o no saber quién es realmente. En un mundo donde la tecnología y la imagen, vende más que el amor, es necesario rescatar valores más universales, como la honestidad y confidencialidad. Estos valores son los que permiten a la persona cambiar. Cuando el profesional ofrece un espacio donde esto pueda ser, el paciente tiene más oportunidades de mirarse y aceptarse sin amenazas.

Lo que más rescato del counseling, es haber transitado una carrera que me devuelva el feedback, de que está bien ser yo mismo, y desde mí, conectarme con otro para acompañarlo en su proceso de evolución y crecimiento.

No es que uno como profesional no haga nada, no realice intervenciones o no use las teorías psicológicas y las técnicas para abordar los encuentros, sino, que se hace, pero desde un lugar más cómodo, relajado y honesto. Esta actitud es reconocida y valorada por el paciente, y le permite sentirse más cómodo y seguro, para poder revisarse y soltar las resistencias a ver las cosas más negadas. Este paso de conciencia, es el inicio más importante para los cambios posteriores.

Las personas que más giran son las que están dispuestas a enfrentarse con su propia verdad. De nada sirve hacer terapia si no se pone la carne al asador. A veces no se está listo para enfrentar muchas verdades, y es necesario acompañar simplemente, pero es necesario aclarar esto, y que la persona decida. El dolor, muchas veces nos paraliza, nos asusta, nos da miedo… Cuando lo enfrentamos y lo transitamos, es cuando realmente lo superamos. Los procesos de counseling permiten que la persona los pueda enfrentar y transitar de manera acompañada y contenida… de una manera nueva y diferente a la que estaba acostumbrada, lo que algunas corrientes terapéuticas llaman, experiencias correctivas.

Desde mi lugar, acompañar a que esto suceda, es lo que llamo éxito profesional: un proceso donde el paciente tanto como el profesional, transitan una experiencia nueva, y ambos crecen en la medida que el vínculo se va desarrollando. La conciencia y la aceptación, son los primeros pasos para el crecimiento y cambio. Sin estas primeras etapas, la terapia se puede convertir en un círculo vicioso de repetición de patrones de conducta y el no cambio.

También considero importante remarcar que el respeto no significa ser distante, serio, frio y/o metódico, estos no son requisitos de un buen profesional. Muchas veces los prejuicios, nos limitan el encuentro con el verdadero ser del paciente. Los valores como la autenticidad, la confidencialidad, el buen humor, la diversión y la empatía son los recursos más poderosos que un profesional puede ofrecer, a la hora de acompañar a un paciente, que necesita cambiar y crecer. 

Una relación de ayuda positiva es aquella, donde dos, construyen un nuevo espacio para conocerse, aceptarse y ser en libertad.

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