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La muerte como experiencia de vida

La muerte como experiencia de vida…”y cuando nos volvamos a ver, sonreiremos”.

La muerte es una experiencia vital inexorable, por la que nadie quiere pasar, aunque paradójicamente por ella, todos transitaremos.

Es muy extraño reflexionar sobre la muerte y entender en ella el sentido de la vida. Desde nuestra noción del tiempo,  perder un ser querido siempre es un sin sentido. Considero que todas las familias debemos prepararnos para vivir unidos esta experiencia, que por la fuerza del amor filial puede ayudarnos a ser mejores.

Debo ser honesto y contarles que, esta reflexión, surge a partir de la muerte de mi padre. ¿Cómo prepararnos?, ¿cómo decir que es posible aprender algo después de tanto dolor?,  estas preguntas solo encontraron respuesta en la vida compartida, y en los recuerdos.

Es un profundo misterio caminar junto a quiénes uno ama, una senda en la que no se pidió transitar y sobre la cual tampoco uno puede decidir cuando dejar de recorrerla. Simplemente, se recorre y se administra con poca conciencia del fin. Esto vuelve a traer el eterno y profundísimo dilema humano sobre el valor del tiempo.

Una pérdida nos cuestiona sobre cuanto hemos aprovechado nuestro aprendizaje y los recuerdos afirman  lo que hemos aprendido. Pasado y presente juegan un rol esencial, uno para ver que hemos hecho, y el otro para pensar que queremos de aquí en más.

Esta es la experiencia vital de la muerte, no desesperar estáticamente en el dolor, sino que al rememorar las vivencias podamos sentir que estamos vivos.

Siento la vida de un modo especial cuando puedo acudir a lo aprendido: la música, el fútbol, el mar y la montaña, la admiración por los que cumplieron sus sueños, el interés por saberlo todo, la poesía y el afán de devorarse a la vida, lo que debo y no debo hacer, lo que debo y no debo imitar; todo me lleva a mi padre, aunque él ya no esté conmigo y el dolor de su ausencia me acompañe siempre. Sin embargo, a través de esta experiencia me siento más cerca de él.

Hasta aquí la experiencia del hijo. A partir de aquí, la experiencia del padre; y es en esta transición generacional  donde la semilla de la vida vuelve a germinar mostrando su don de eternidad, incomprensible para nosotros los humanos.

Este don lleno de vida, de sonrisas y de esperanzas mueve mi corazón con optimismo a partir de lo vivido y de lo que hay por vivir, sabiendo que hay un legado por dejar en el corazón y en los recuerdos de mis hijos. Recordar y proponerse vivir juntos las enseñanzas del abuelo nos hace estar en paz frente a un tema como la muerte ante el cual la sociedad postmoderna pretende hacernos creer que podemos escapar, proponiendo engaños de “juventud eterna”.

“La peor pavada que podés hacer en esta vida es morirte”, decía mi padre, señalando el valor que le daba a estar vivo. Prometo ser fiel a esta enseñanza y transmitirla a todos los que me rodean, especialmente a mis hijos.

Entre tanto, en este don de eternidad que plantea la vida, estoy seguro que cuando nos volvamos a ver, sonreiremos.

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Comentarios (2)

  • Invitado - Miguel Angel

    Muchas gracias Adrian, hace tiempo lamentablemente perdí a un ser querido y concuerdo plenamente con vos, trato de rememorar los buenos momentos con alegría y no hundirme en la depresión. Saludos.

    hace cerca de 3 años
  • Invitado - Sara

    Si a quienes se van los mantenemos vivos en el recuerdo, mas vale que sólo sean buenas memorias. Es la mejor manera de honrarlos. Saludos desde Pozitos!

    hace cerca de 3 años
 

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