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Perdón

Hace ya un tiempo que sus únicos compañeros eran el resentimiento y el rencor. Con ellos, recorrió largas distancias sin disfrutar de los bellos paisajes que ante sus ojos se mostraban. El peso de la rabia contenida, sumado a la sensación constante de ser culpable de todo, llevó a nuestro guerrero a buscar cobijo en el refugio de la observación.

Sentado, se descalzó de la ira y la vergüenza. Aunque las sacó de sus pies, bien sabía que se mantenían muy dentro de él.

Acomodó su cabeza sobre un mullido saco de posible conciencia y se dispuso a dejar que los brazos oníricos del conocimiento mecieran sus pensamientos, hasta el punto de minimizarlos.

Entregado al fluir y aceptar lo que viniera, le apareció la palabra “perdón”. Al verla sus músculos se contrajeron como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Esto le hizo dedicarle más atención a esa palabra que flotaba ante su mirada interna.

No terminaba de comprender qué mensaje quería mandarle su inconsciente. Si lo que él sentía era rabia, ira, resentimiento, rencor, vergüenza. Lo que empezó como un plácido sueño, fue convirtiéndose en una tormentosa pesadilla. Una poderosa voz gritó “¡¡perdona!!”, hecho que llevó  a nuestro personaje a despertar sobresaltado. Al abrir los ojos, tuvo la sensación de haberse despertado antes de tiempo. Algo faltaba del mensaje que estaba recibiendo.

Se arrodilló, mirando hacia el Sol que elegantemente cedía el protagonismo a la enigmática Luna. Juntó sus manos y uno a uno fue perdonando a todos aquellos que a lo largo de su vida, le habían causado algún mal o le habían provocado ira, rabia, rencor, vergüenza.

Con cada persona que perdonaba, comprendió que estaba desarrollando su capacidad de compasión; notó que lentamente se liberaba de un oscuro pasado; se liberó del sentimiento de víctima que le aprisionaba desde hace tanto tiempo el pecho.

Sin embargo, aunque notaba más limpio el aire que respiraba y le inundaba cierto estado de paz, todavía se sentía acompañado de ira, rabia, rencor, resentimiento, vergüenza.

La noche cerrada, unido al cansancio del día, llevaron a nuestro protagonista a buscar acomodo de nuevo sobre el saco de conciencia. Antes de cerrar los ojos, pidió que se le brindara la oportunidad de saber el final del sueño que había tenido unas horas antes.

No tuvo suerte. Aquella noche, un desconocido le llevó a un mundo utópico en el que no existía la ira, la rabia, el rencor, la vergüenza. Nuestro protagonista nunca supo el final del revelador sueño. Nunca averiguó que simplemente era una sílaba lo que le faltaba del sueño. Una sílaba que le permitiría liberarse de esos compañeros de viaje que le lastraban el camino. Nunca supo que lo que la voz realmente quiso decirle fue “perdónate”. 

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